Las increíbles playas de Fernando de Noronha

Las playas de Fernando de Noronha, una bella isla en el nordeste de Brasil, curan todos los males del cuerpo y del alma. Se trata de ocho playas ubicadas en el “mar de dentro”, todas de libre acceso y de arena blanca y fina. La más grande, es Conceição, una amplia bahía que se inicia en el inquietante Morro do Pico, un cerro rocoso, angosto y de 323 metros de alto, y se cierra en el otro extremo, con grandes rocas planas que entran en el mar. A esta playa la llaman “la Hawaii de Brasil”, porque entre noviembre y febrero se forman olas de hasta cuatro metros que atraen a surfistas de todo el mundo. Ver el atardecer aquí es una de las razones del viaje: el sol se esconde detrás del morro con forma de cohete, un show que puede verse desde la playa o desde las rocas que cierran la bahía.

Otras seis playas se encuentran dentro del Parque Nacional Marino, en el “mar de fora”. La mayoría son rocosas y el acceso es restringido. La bahía de Sueste tiene unos molientes que se franquean con el pase de Eco Noronha, como en el metro. Esta playa es el hogar de las tortugas gigantes: allí nadan, se aparean, comen y suben a la superficie para tomar aire. Está permitido nadar por cuenta propia con chaleco, aletas, máscara y snorkel, pero la compañía de un guía entrenado es garantía de encuentro seguro con las tortugas verdes, Chelonia mydas, que pueden medir hasta un metro setenta y pesar 250 kilos, y con las de carey, Eretmochelys imbricata, que no llegan al metro y los noventa kilos, perseguidas en otro tiempo para convertirlas en lentes. En el lenguaje mudo de los peces, el guía avesado apunta a la derecha, nos toma del chaleco y nada a toda velocidad arrastrándonos para llevarnos junto a las dos, tres, cinco tortugas en su danza silenciosa, inmutables ante la presencia de extraños seres conectados con caños a la superficie.

Atalaia es la playa más protegida del Parque Nacional, a punto tal que sólo puede visitarse en grupos de treinta personas, acompañados por un guía y un guarpadarque, y se puede permanecer sólo media hora. Después de una charla dada por biólogos del Instituto Chico Mendes de Conservação da Biodiversidade (ICMBio), se recorre en fila 1,6 kilómetros de sendero hasta llegar a la playa. Una gran piscina de roca volcánica de 40 centímetros de profundidad se forma en la bajamar y los peces quedan atrapados –a veces con algún tiburón– hasta que sube la marea otra vez. Está prohibido usar aletas y tocar algo con manos o pies, pues la única posibilidad es la flotación. Los infractores recibirán un pitido de reprimenda por parte de los guardaparques que vigilan la actividad.

No muy lejos de allí está Caieiras, una playa de piedras nada amigables para caminar descalzo. Con la bajamar, quedan al descubierto miles de cangrejos rojos y verdes, erizos, estrellas de mar, morenas agazapadas, peces ínfimos y otros bichos que sólo los biólogos marinos conocen. Se forman piscinas donde se puede hacer esnórquel sin temor a ser reprendido por un guardaparque.

Bajo el agua, no hay gritos, no hay caminos predeterminados y todo se vuelve leve. De nada sirven los siglos de civilización, y de pronto somos un ser vivo más dentro de este acuario infinito de colores en movimiento, una armonía inesperada, y comprendemos que a eso hemos venido hasta aquí.